6 dic. 2012

José, el Pelado

Desde luego que eran otras épocas...

El Bar Azul no era simplemente el lugar de trabajo de José, el Pelado, sino que también era su vivienda. En la parte alta del negocio había un pequeño habitáculo en el cual dormía y al que solamente se podía acceder a través de una escalera de mano. En realidad era una especie de almacén de mercancía, pero por aquel entonces no podía permitirse otros lujos y los socios estaban de acuerdo en que él viviese allí.

Muy poca gente se podía permitir el lujo de tener un auto. Los medios de transporte más habituales eran el autobús (ómnibus, colectivo... no importa el nombre) y, en casos contados, el tren.
También eran aquellos años tiempos de entender la vida de otro modo, y cada uno se regía por lo que creía más oportuno. Por supuesto, José, el Pelado, tenía su propia forma de enfrentarse a lo se le ponía por delante.

Aquella tarde, José tenía libre en el trabajo y salió a pasear con su novia. Subieron al autobús y él, como era de esperar, cedió el único asiento libre que había a su chica, se sujetó a la barra superior y continuó hablando con ella a su lado durante el trayecto. Ya no muy lejos de llegar a su destino, el vehículo hace una nueva parada. Desde su posición puede ver cómo una mujer que conocía subía por la escalerilla delantera del autobús. Era su “otra novia”. El Pelado no se lo pensó dos veces: inmediatamente se dirigió a la puerta trasera y bajó a la acera justo en el momento en que, estando ambas mujeres dentro del vehículo, las puertas se cerraban para comenzar de nuevo su trayecto. Ellas, desde dentro, pudieron verlo cómo se iba corriendo calle abajo, en dirección contraria. Lo que entre las dos “novias” ocurrió en el interior... no llegó a mis oídos.

A la mañana siguiente, quien llegó al Bar Azul fue una de las novias de el Pelado. Iba acompañada de uno de sus hermanos y éste, a su vez, en “compañía” de un enorme cuchillo de carnicero... José los vio venir y, antes de que nadie pudiera siquiera darse cuenta de la situación, subió de dos en dos los peldaños de la escalera de mano hasta su habitáculo y una vez arriba la tiró al suelo. Los socios reaccionaron enseguida cuando fueron conscientes de lo que estaba ocurriendo. Al entrar la señorita al bar en tan curiosa compañía, apenas se inmutaron.

- ¿Está José?

- No, no está. No ha llegado aún a trabajar - fue la respuesta que recibieron.

Los hermanos se sentaron a esperar. El cuchillo en la mesa, como advirtiendo de que su “consumición” no sería otra que la que tenían en mente. Los socios del Bar Azul continuaron trabajando.

Durante horas, la situación se mantuvo de aquel modo. Y José, el Pelado, no aparecía ni daba señales de vida. Pasaba el tiempo y nada..., no llegaba. Los clientes pedían sus cafés, sus vinos, sus copas, hablaban en voz baja para no llamar la atención y cuando terminaban, se iban tranquilamente. El reloj tampoco se inmutaba y continuaba dando vueltas. El tiempo no paraba. Finalmente, la señorita, su hermano y el “acompañante” se levantaron y se fueron sin decir ni una palabra.

Una vez que se convenció de que ya no había peligro, el Pelado se asomó a la puerta de su habitáculo, llamó a uno de los socios y le pidió que colocase la escalera de mano. Bajó al negocio y se puso a trabajar. A la hora del cierre, un día más había pasado.

9 comentarios:

  1. Queridos amigos:

    El Bar Azul y José, el Pelado, no serían lo mismo el uno sin el otro. Hoy os invito a leer esta pequeña historia de un hombre muy particular: “José, el Pelado”

    Gracias a todos por vuestras visitas, comentarios...

    Biquiños.

    Carmen

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    1. Qué historia más curiosa, posiblemente él tenía motivos muy fundados como para tomar una decisión tan drástica al verse en una situación que parecía insalvable. Quizá en aquel momento temía la violenta reacción de sus novias o que se produjese una pelea entre ellas y por ese motivo decidió salir corriendo del colectivo y dejarlas plantadas a las dos.

      Por cierto, ese mismo habitáculo fue también la habitación de mi padre cuando era soltero y años más tarde fue utilizado como un pequeño almacén para guardar las cosas del Bar Azul. Me acuerdo de cuando mi padre subía hacia ese almacén utilizando una larguísima escalera de mano, sin duda seria la misma que utilizó José el Pelado.

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    2. Sí, Tino. Precísamente cuando mi padre dejó de vivir en el mismo habitáculo... fue cuando mi madre llegó a Buenos Aires; el siguiente en vivir en él no sé si fue tu padre o tu tío. Al parecer, fue la "residencia" de todos los socios en alguna ocasión y, probablemente, de más gente que no conocemos.
      Saludos para todos!!

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  2. jaja, el pelado, al tener dos novias, iba a "perder la cabeza" por el amor una de ellas. casi un tango.
    besos.

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    1. Típico de aquel Buenos Aires, Draco.
      ¡Biquiños!

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  3. O que darian moitos por ter a man unha escaleira!Jeje...sen ela ao "Pelado" habíalle de caer o pelo. ¡Eu subiría a fume de carozo aínda que non fose o mozo "da outra noiva!"

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    1. Jejeje! José, el Pelado, era único, Cheíño. La historia real tiene aún más "chicha", como decimos aquí; pero no era plan liarme contándolo todo. ¡Biquiños!

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  4. Hola Carmen, después de un tiempo sin pasar por aquí, pues nada, solo saludarte y desearte que pases unos felices días en compañía de los tuyos. Un abrazo

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    1. Gracias por tu visita Juan. Yo tampoco no he estado viajando por los blogs ya desde hace un tiempo... Sigo con sustos y ajustes en la medicación, pero sigo...
      Un abrazo y felices fiestas!

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