19 ago. 2012

Cuestión de peso

La secretaria me devolvió el impreso después de revisarlo:

- Tienes que elegir un instrumento...


Se hacía complicado pensar en cambiar después de tantos años con el mismo. Siempre había querido aprender a tocar el piano, pero no había plazas. De todos modos, la simple idea de tener que invertir una "pequeña fortuna" que no tenía ya lo descartaba desde los primeros momentos. Tampoco había plazas para guitarra y, la verdad, no me importaba mucho: la de mi hermana llevaba años semiescondida en lo alto del mueble del salón. A ella sí que le duró poco el interés, y a mi las cuerdas no me llamaban en absoluto.

Tema difícil...

Entonces comencé a recordar los años de clases y ensayos de acordeón. Hubiera sido lo ideal porque no empezaría de cero. Sin embargo, la imagen de las mañanas de sábado cruzando el pueblo de un lado a otro por el relleno, cargada con la carpeta de los libros en una mano y el maletín del acordeón en la otra, a pesar de que muchas veces íbamos en grupo y nos divertíamos con tonterías de niñez, ensombrecía de nuevo la pequeña ilusión que hubiera podido crearse. Pesaba mucho para mis brazos de niña, y ni siquiera era cómodo de quitar del maletero del coche las pocas veces que mi padre podía llevarme hasta allá. 

Abrir el pesado maletín, levantar el acordeón por las sujeciones de cuero rojas y negras, colocarlo correctamente..., repetir a la inversa las acciones una vez terminada la clase o los ensayos...

Ni los bellos acordes de un vals, ni la alegría de una polka, ni el haber logrado encajar una a una las complicadas notas de las "Czardas" de Monti y terminar disfrutándolas como quien consigue un magnífico trofeo, fueron capaces de conseguir que el impreso en mis manos se volviese cada vez más pesado... 

Se me cerraban los ojos, pero en un instante logré abrirlos como platos. Terminé de cubrir el impreso y lo entregué a la secretaria. La sonrisa me descubría como alegre, feliz y, sobre todo, ligera... como si volase. Era la mejor decisión, la que menos pesaba. Volvía al Conservatorio para terminar mis estudios de música, y esta vez lo haría con la flauta travesera.

9 comentarios:

  1. Queridos amigos:

    Entre el calor y las fiestas, los dedos parece que rehuyen acercarse a las teclas...

    Gracias por vuestras visitas y comentarios en “Guarden silencio”. Poco a poco os iré respondiendo a cada uno.

    Hoy, otro tipo de teclas y botones son los protagonistas: os invito a la lectura de “Cuestión de peso”.

    ¡Biquiños!

    Carmen

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  2. Yo hubiese escogido la guitarra sin duda. Claro que desde el punto de vista del peso y la comodidad quizás hiciste bien :)

    Besos.

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  3. la flauta travesera es un instrumento muy elegante y ligero que se presta muy bien para ti. hiciste bien. un beso.

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  5. A flauta é o meu instrumento favorito. Pero aínda que non pesa e unha pesada pois esixe moita limpeza e levar a axustar as teclas moi a miúdo. Espero que a trates con agarimo, e a soplar...
    Saúdos.

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  6. Brillante cómo logras trasladar esa cuestión de peso humanizando, en cierta forma, a los instrumentos, Carmen. Valen como excusa para armar un relato en función de los sentiemientos de su protagonista, y la fuerza viene dada en la elección del narrador.

    Como anécdota, siempre quise estudiar guitarra y nunca lo hice. Cuando veo tocar una me entra la nostalgia de lo immposible.

    Un abrazo,

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  7. Hay que tener buenos pulmones para tocar la flauta y sin duda tu los tienes, yo me hubiera quedado con el acordeón je.

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  8. jajaja Era cuestión de peso, nomás... y allí no pesó la verdadera vocación. El tiempo diría si la decisión fue acertada o no, quizás cuando uno pone en la balanza muchas razones que juegan en contra, se hace más difícil persistir y tener una continuidad.
    Siempre soñé con tocar un instrumento; de chica lo intenté con guitarra y flauta pero soy totalmente incapaz de reproducir una nota, jajajja Lástima, porque me hubiese encantado. Un abrazo, querida Carmen y besos!!!!!!!!!!

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